35.597. Cómo sentir que no eres invisible

35.597 es mucho más que una cifra: son las personas que han muerto entre 1993 y 2018 como consecuencia de las políticas restrictivas de Europa, atendiendo a los datos de la organización United For Intercultural Action. Una realidad aterradora, que da título a la exposición itinerante de la fotógrafa madrileña Estela de Castro y que se puede visitar desde hace una semana en A Coruña, que ya se ha visto superada: con la última actualización son por lo menos 36.570 las víctimas mortales. Pero es que esta exposición va también mucho más allá: es el resultado de cuatro viajes a otros tantos destinos (Grecia, Turquía, Serbia y Málaga) para mirar a los ojos y ponerles rostro a algunos de quienes sí han conseguido sobrevivir a un camino repleto de obstáculos que emprendieron para huir de la guerra de Siria, del terrorismo en Afganistán, Pakistán o Irak, de Gobiernos que practican la tortura de forma sistemática como el turco o el iraní, del hambre; cuatro viajes para poner nombre y apellidos a adolescentes que han llegado a nuestro país desde Mali, Senegal o Guinea Conakry después de caminar durante años y cruzar el mar en patera, a aquellos a los que la crisis ha dejado en la calle… “A seres humanos convertidos en números, en segundos de televisión”, dice la autora.

Es una forma de hacerles saber que en esta parte del mundo “no todos somos tan egoístas que lo que no nos toca muy de cerca nos da igual, que no todos estamos anestesiados sino que hay gente a la que sí nos importa por lo que están pasando”. Una iniciativa “para demostrar que son más que las frías cifras, para darles voz a través de la fotografía, con la que muchxs han sentido que no son invisibles”. Y es que no solo conocemos su historia a través de las miradas captadas por Estela de Castro: ellas y ellos mismos nos cuentan cómo es su vida en un lugar en el que no quieren estar, porque ni es el hogar que se han visto obligados a abandonar ni tampoco el ansiado destino: es solo un lugar de paso.

“Se ve mucha esperanza”

35.597 son los retratos que les ha hecho la fotógrafa y las fotografías hechas por ciento diez personas de diecisiete nacionalidades que participaron en los talleres realizados en esos cuatro viajes “para acercarles las capacidades de la fotografía como medio de denuncia social, para empoderarlas”. Nos explica que no se trataba de enseñarles a hacer buenas fotos; de hecho, se les dieron cámaras desechables; pero asegura que el resultado es impresionante, alucinante, “hay imágenes increíbles”. Les pidió que captasen cómo era un día de esa nueva vida a la que las había llevado la necesidad y “se puede ver de todo, pero sobre todo esperanza y mucha belleza en lo cotidiano, en aquello que las rodea; no han querido contar su drama”. Ella sí nos relata historias tremendas, como la de un chico sirio de diecisiete años que estaba solo en un campo de refugiados porque toda su familia había muerto en la guerra; o la de un adolescente afgano que vivía en la calle que tenía una gran cicatriz en un brazo, hecha por las mafias, y otra en el cuello, que le habían hecho los talibanes.

Con esa idea de poner la fotografía al servicio de quien más la necesite, ha seguido con los talleres participativos en colaboración con la Fundación Tomillo y la Fundación Pinardi, trabajando con mujeres gitanas y marroquíes en el primer caso, con jóvenes refugiadas en el segundo. Confiesa que unos y otros le han aportado muchísimo porque con ellos “se rompen los muros que nos ponemos entre nosotrxs: seas del país, raza, etnia o color que seas, tengas el sexo que tengas o profeses la religión que profeses, puedes participar en una iniciativa en la que esas barreras no existen”. Es lo que pretende PHES Fotografía Española Solidaria, el proyecto que impulsó justo hace este mes tres años y que dio lugar a los talleres, a la exposición itinerante y a mucho más: “Un proyecto que nació de la impotencia pero, sobre todo, de las ganas de cambiar el mundo”, que ha sido y es para ella una experiencia vital impresionante que ha cambiado su forma de estar en él.

Cómo empezó todo

Quién mejor que Estela de Castro para contarlo.

Se recaudaron 42.000 euros que se destinaron a cuatro oenegés, organizaciones pequeñas surgidas de historias como la suya, porque alguien decide dar un paso al frente para tratar de cambiar las cosas y acaba generando una energía de cientos de personas que ayudan y colaboran para que salga adelante: Il Gattaro d’Aleppo, de Siria, -creada por Mohammad Alaa Aljaleel- donde ayudan a cientos de personas que sufren las consecuencias de una interminable guerra, que es también un santuario de animales a los que sus dueños dejaron atrás en la huida; Sohram – casra, de Turquía, -fundada por Yavuz Binbay, torturado en su país- que atiende a más de dos mil víctimas de torturas, muchas de ellas refugiadas sirias; Jugend Rettet, impulsada por Jakob Schoen, un chico alemán que tras el naufragio que dejó ochocientos muertos en el Mediterráneo Central en 2015 puso en marcha un ‘crowfunding’ para comprar un barco de rescate: auxiliaron a más de catorce mil personas hasta que Italia lo confiscó; y Proyecto Elea, desarrollado por un grupo voluntarios de todo el mundo en el campo de refugiados de Eleonas, en Grecia, donde además de cubrir las necesidades básicas promueven las actividades culturales y deportivas.

Como la primera edición, de 2017, tuvo tan buena acogida hubo una segunda el año pasado, de nuevo en el Centro Universitario de Artes TAI de Madrid -donde ella da clase- en esta ocasión con obras de 99 fotógrafos contemporáneos, que fue todavía más exitosa porque la gente ya conocía PHES. Lo recaudado se destinó -entre otras- a las oenegés españolas Salvamento Marítimo Humanitario y Proactiva Open Arms, que prestan asistencia humanitaria a refugiados y rescatan migrantes en la ruta más mortífera del planeta. En total, más de cien mil euros entregados a quince organizaciones entre las que se encuentran la también española Solidarios Sin Fronteras, que trabaja en Yemen, destruido por una guerra silenciada; No Name Kitchen, que reparte cientos de comidas diarias a refugiados que malviven en Serbia y Bosnia a un paso de la frontera con Croacia que esperan cruzar; o NASCO Feeding Minds, la iniciativa de Ousman Umar, un chico ghanés que tras un durísimo periplo acabó siendo acogido por una familia en Barcelona, estudió y ha creado en su país cinco Escuelas de Informática, “porque no se trata solo de enviarles dinero a quienes siguen allí sino de ofrecerles oportunidades”. Tampoco Estela de Castro quería quedarse solo en darles dinero a oenegés para que puedan seguir desarrollando su labor sino conocer a las personas a las que ayudan, y así surgieron los cuatro viajes y la muestra itinerante que está ahora en A Coruña después de haber pasado por Barcelona, Úbeda y Madrid. Podrá visitarse en la sede de BANCO Editorial durante un par de meses, quizás más.

¿Para cuándo la tercera edición de PHES?

Responde la fotógrafa que no la va a haber, por lo menos de momento, porque las ganas están ahí y no descarta nada. Recuerda que esto empezó como una única edición y han sido dos, ofreciendo la posibilidad de hacerse a mitad de precio con obras de los grandes maestros de la fotografía en España y de los fotógrafos contemporáneos del país; para ayudar. Destaca la respuesta inmediata de sus compañeros al explicarles la iniciativa, incluso que varios le dijeron que estaban deseando colaborar pero no sabían cómo, justo cuando apareció ella dándoles la posibilidad de hacerlo, a ellxs y a los cientos de personas que, de uno u otro modo, se han implicado en PHES Fotografía Española Solidaria.

Lo que tiene claro es que la exposición itinerante continuará recorriendo España -quiere ampliarla con los trabajos que salgan de nuevos talleres participativos-, que van a seguir vendiendo el fotolibro que fue su origen y los catálogos de las dos ediciones de PHES: para mantener las aportaciones a las organizaciones, aunque sea menos dinero, y para seguir intentando que quienes han vivido experiencias tan traumáticas “no se sientan invisibles”. Veinticinco años lleva Estela de Castro en fotografía -veintinueve han pasado desde que, con solo doce, dijo eso de “voy a ser fotógrafa” (recuerda incluso la ropa que vestía aquel día)- y en este proyecto ha conseguido unir sus dos pasiones: “He descubierto que mi herramienta, mi lenguaje, es una herramienta con la que no solo poder ganarme la vida sino también con la que luchar por aquello en lo que creo, tratando de activar conciencias, buscando un cambio. Porque con ella se traspasan muros y fronteras llegando hasta cualquier lugar; porque a través de ella podemos comunicarnos y lo hacemos; porque todxs podemos sentirla”. Todxs, también tú.