Podemos hacer mucho para acabar con el desperdicio de comida

Cuatro de cada cinco familias españolas tiran comida en un país en el que, atendiendo a los últimos datos de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura y del Programa Mundial de Alimentos, el año pasado había 600.000 personas en situación de inseguridad alimentaria grave. Cada hogar desperdicia casi 1,5 kilos de alimentos a la semana, unos 76 kilos al año, con lo que nos acercamos al millón y medio de toneladas anuales. A esto hay que sumarle lo que se tira en los supermercados, en los restaurantes, en los comedores escolares o en los hospitales, lo que se desecha en el proceso productivo y lo que directamente se queda en los campos de cultivo porque presenta algún golpe, no tiene el tamaño adecuado o simplemente es ‘feo’. La suma total, que debería sonrojarnos, supone alrededor de ocho millones de toneladas de comida desperdiciada cada año en España, que es el séptimo país de la Unión Europea que más comida tira: el conjunto de los socios comunitarios desaprovecha 90 millones de toneladas anuales.

Las cifras hablan por sí solas y deberían llevarnos a la reflexión pero, por si no son suficientes para que nos decidamos a hacer algo que cambie esta realidad, ahí están activistas como Manuel Bruscas, un consultor social empeñado desde hace siete años en darles la vuelta a las cosas, “porque es una cuestión de corresponsabilidad: todos en nuestro día a día podemos aportar nuestro grano de arena que, sumados, son muchos; y quienes nos gobiernan están obligados a cumplir también con la parte que les toca”.

Porque no se trata únicamente de saber que desperdiciamos tanta cantidad de comida -se calculan 1.300 millones de toneladas en todo el mundo– que con apenas una cuarta parte se podría acabar con la hambruna que, según la ONU, golpea a 820 millones de personas; ni de tomar conciencia de que 600.000 españoles viven en nuestro país sin saber si van a comer algo hoy, con lo que eso significa y con el riesgo que supone cuando hablamos de niños que, con una alimentación deficitaria (en cantidad y en calidad), crecen con todos los números para sufrir enfermedades que afectarán a su evolución cognitiva y, en consecuencia, a su inserción laboral futura. “Hay que pensar además en el impacto que tienen en el planeta todos esos alimentos desperdiciados”.

Todo lo que supone tirar comida a la basura

Pensemos en la huella de carbono; porque si la comida que se tira fuese un país, sería el tercero en emisión de gases de efecto invernadero, después de China y EE.UU., ahí es nada. Prestemos atención por ejemplo a lo que supone el transporte de la fruta exótica o de la que ya no está en temporada, procedente muchas veces de países que se encuentran a miles de kilómetros, y en las toneladas que se desperdician; o tengamos en cuenta el pequeño porcentaje de restos de comida que se composta, acabando la mayor parte en vertederos, cuyas emisiones de metano son una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero del sector de los residuos. Pensemos en la deforestación, en los árboles talados y en los bosques que han desaparecido para dar paso a tierras de cultivo que permiten subsistir a millones de personas: si esos campos producen alimentos que se desperdician no sirven para nada, y eso es lo que pasa con casi un tercio de la superficie agrícola mundial.

Y pensemos en la huella hídrica, en la cantidad de agua dulce -cada vez más escasa- que necesitan esas inmensas extensiones de cultivos. Dice la FAO que el volumen de agua utilizado cada año para producir los alimentos que se pierden o se desperdician equivale al caudal del Volga, el río más largo de Europa; solo en España equivale a unos 130 litros por persona y día. Valoremos también el impacto en la biodiversidad y las consecuencias económicas directas del desperdicio y del despilfarro de alimentos: 250 euros perdidos anualmente por cada español. “Cifras y datos escalofriantes” en palabras de Bruscas, como le llaman los que le conocen.

¿Qué puedo hacer yo?

Repite este activista que cada uno de nosotros podemos poner mucho de nuestra parte para revertir la situación. Podemos empezar haciendo una lista antes de ir a la compra, comprando productos frescos de temporada, eligiendo aquellas piezas de fruta o verdura que son ‘feas’, teniendo siempre claro que fecha de caducidad no es lo mismo que fecha de consumo preferente, haciendo cocina de aprovechamiento (dándoles una segunda vida a las sobras), usando apps como yonodesperdicio.org que nos permiten compartir alimentos, llevándonos la comida que no hemos acabado cuando vamos a un restaurante… “Son pequeños cambios, no revoluciones, pero contribuyen a frenar el desperdicio de alimentos y con ellos también estamos ayudando a combatir el cambio climático”.

Como ciudadanos -explica- tenemos que demostrar que los valores importan, por eso debemos reclamar transparencia a supermercados y grandes cadenas de alimentación para saber cuánta comida tiran: que den a conocer sus cifras como hizo voluntariamente TESCO en el Reino Unido. No es lo habitual. Hace tres años, Manuel Bruscas y activistas de otros países comunitarios decidieron poner en marcha una campaña para exigir que la Comisión Europea les obligue a donar esa comida que les sobra. La semana pasada se reunían con la directora de Seguridad Alimentaria, a la que entregaban más de un millón doscientas mil firmas de apoyo y, tras una cierta presión, las autoridades comunitarias se han comprometido a darles una respuesta en un mes. “Las sensaciones son un poco encontradas, porque te dicen que tienen el tema presente pero también que es muy complicado poner de acuerdo a 28 países”, y esto teniendo en cuenta además que el año que viene habrá elecciones. “Hay que seguir dando la batalla a nivel europeo, pero también a nivel nacional”, sentencia.

Francia e Italia aprobaron hace poco leyes que van en esta dirección: la legislación gala obliga a los supermercados de más de 400 metros cuadrados a donar la comida que les sobra y la italiana les da incentivos para hacerlo. Bruscas se queda con la francesa, porque lanza un mensaje inequívoco que a su entender se ha demostrado eficaz en distintos ámbitos -si no cambias la forma de actuar habrá sanción-, al tiempo que genera un debate en la opinión pública que lleva a la gente a preguntarse si es verdad que un supermercado se niega a donar los alimentos que le sobran y porqué es esto así; pero lo que más le gustaría es que los grandes grupos de alimentación estuviesen obligados a informar de la cantidad de comida que tiran, convencido como está de que al día siguiente la presión ciudadana les haría cambiar: “la presión es una de las claves”.

La situación en España

La situación en España es para él “decepcionante”, por resumirla en una palabra, porque aquí “todavía estamos debatiendo, discutiendo, y no se ha dado ningún paso”. Decepcionante es el resultado de los trabajos de la comisión creada el año pasado en el Senado para estudiar el tema, siendo lo más desalentador que aparentemente haya un consenso, pues su informe -aprobado recientemente- salió adelante por unanimidad. La pregunta es clara: si existe consenso ¿por qué no se avanza? Y ahí aparece para muchos la alargada sombra de los lobbies.

Los senadores apuestan -entre otras recomendaciones- por crear un Observatorio del Desperdicio Alimentario, por poner en marcha campañas de concienciación y por aprobar rebajas fiscales para comercializar productos frescos menos atractivos a la vista pero con las mismas propiedades nutricionales. “Hay muchos productos que ni siquiera llegan a los supermercados porque no son perfectos según los estándares marcados por los grupos de alimentación que, a su vez, se rigen por los estándares que como consumidores les pedimos. ¿O es al revés?”. Como el huevo y la gallina, no se sabe que fue primero, pero el caso es que cuando vamos a la compra es prácticamente imposible encontrar frutas o verduras feas y, si las hay, es porque nadie las quiere. Por eso Bruscas insiste en la corresponsabilidad.

Los tomates de verdad son feos

Y es que Los tomates de verdad son feos, como leemos en el título del libro que ha escrito -“porque lo que no se comunica no existe”- ilustrado por Alejandra Zúñiga, en el que nos cuenta todo esto y mucho más. Porque está convencido de que cambiar esta realidad es posible. Explica que empezó con esta lucha porque le parece “una causa noble y justa, con la que es prácticamente imposible no estar de acuerdo”, y dice que sigue en ella porque piensa que lo que hace está teniendo impacto: “estoy contribuyendo y quiero seguir contribuyendo”. Se siente satisfecho de que la gente le diga que va cambiando sus hábitos de consumo porque eso le demuestra que su lucha tiene sentido. Y sabe que la educación es otra de las claves: “cuando tú, desde pequeño, interiorizas un valor, se acaba convirtiendo en parte de ti”.

Cuenta que tiene claro “que esto es una maratón, una carrera de fondo en la que es importante es la tendencia”, y le compensa porque cada día se habla más de este tema, por eso no piensa rendirse. Dice el director general de la ONU para la Alimentación y la Agricultura, José Graziano da Silva, que lograr el objetivo del Hambre 0 en 2030, marcado hace unos años, todavía es posible si trabajan todos los países juntos. ¡Ojalá! Pero debemos ser conscientes de que “cada uno de nosotros podemos hacer mucho para frenar el desperdicio de alimentos, más allá de buscar grandes enemigos externos a los que combatir -que también-, siempre sin dejar de presionar a nuestros Gobiernos para que actúen”. Ya lo decía Nelson Mandela: todo parece imposible hasta que se hace.

6 pensamientos en “Podemos hacer mucho para acabar con el desperdicio de comida

  1. Sería interesante conocer cuanto nos cuesta a los usuarios la buena apariencia de los productos que compramos. Qué porcentaje de precio por quilo viene añadido por la cantidad de productos que se tiran o se retiran por no ser “bonitos”.

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